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Dharana, dhyana y samadhi: las tres etapas de la meditación

Miha Cacic · 11 de abril de 2026 · 8 min de lectura

Meditación
Dharana, dhyana y samadhi: las tres etapas de la meditación

Dharana, dhyana y samadhi son los tres últimos de los ocho miembros del yoga de Patanjali, y describen algo que ya has experimentado. Te concentras a fondo en un problema, tu atención se afianza y el esfuerzo desaparece, y entonces la respuesta llega entera, sin que hayas tenido que pensarla paso a paso. Patanjali codificó esta progresión hace unos 2.000 años en tres versos (Yoga Sutras 3.1–3.3): atención forzada, atención sin esfuerzo, comprensión directa.

La mayoría de las explicaciones presentan estas etapas como una escalera mística que se sube una sola vez. Concéntrate lo suficiente y alcanzarás la iluminación. Pero los Yoga Sutras describen algo más práctico: un proceso repetible en tres fases para comprender cualquier objeto en profundidad. Todo el tercer capítulo del texto aplica este proceso a decenas de objetos distintos. El samadhi no es un destino. Es lo que se siente desde dentro cuando hay verdadera comprensión.

Qué significan realmente dharana, dhyana y samadhi

La traducción habitual (concentración, meditación, absorción) genera un problema: suena circular. ¿Qué es la meditación si no es concentración? Las definiciones sánscritas son más precisas porque cada una describe una cualidad distinta de la atención.

Dharana (Yoga Sutra 3.1): deshbandhas chittasya dharana, “la fijación de la mente en un solo lugar”. La raíz dhr significa sostener o retener. La característica que la define es el esfuerzo. Eliges un objeto (la llama de una vela, la respiración, un mantra) y mantienes la mente en él. Tu atención se desvía. Te das cuenta. La traes de vuelta. Ese tira y afloja entre el foco y la distracción es dharana.

El Mokshadharma, una sección antigua del Mahabharata, ofrece una imagen vívida de este estado: un hombre que lleva sobre la cabeza un recipiente lleno de agua mientras alguien camina detrás con una espada en alto, listo para descargar el golpe si cae una sola gota. Esa alerta, esa firmeza forzada, es dharana. Andrey Safronov, de la Federación Ucraniana de Yoga, subraya esta distinción: dharana no es simplemente concentrarse en algo, sino mantenerse uno mismo dentro de un estado concreto al margen de la distracción. Un hombre lleva con cuidado un recipiente lleno de agua sobre la cabeza mientras una segunda figura camina tras él con una espada en alto, ilustrando la metáfora del Mokshadharma sobre dharana

Dhyana (Yoga Sutra 3.2): tatra pratyayaikatanata dhyanam, “el flujo continuo de la cognición hacia ese objeto”. La raíz dhyai significa contemplar. Lo que la define es la falta de esfuerzo. Como escribió Vivekananda: “Cuando la mente ha sido entrenada para permanecer fija en un determinado lugar interno o externo, adquiere la capacidad de fluir, por así decirlo, en una corriente ininterrumpida hacia ese punto”.

En dharana, no dejas de tirar de la atención para devolverla. En dhyana, se queda. La corriente fluye sola. El comentario de Vyasa (el más antiguo y de mayor autoridad sobre los Sutras, c. siglos V–VI d. C.) hace hincapié en la palabra ekatanata: no se trata de una serie de pensamientos distintos sobre el objeto, sino de una sola cognición de él que se renueva sin interrupción.

Samadhi (Yoga Sutra 3.3): tad eva arthamatra nirbhasam svarupa shunyam iva samadhih, “ese mismo [dhyana], brillando como el objeto solo, como si estuviera vacío de la propia forma de la mente”. La raíz sam + a + dha significa colocar juntos por completo. La característica que lo define es la comprensión. La mente deja de proyectar su capa interpretativa sobre el objeto y lo capta directamente.

La lectura de Safronov es la más clara: “Estabas reflexionando, te atormentaban los pensamientos, el proceso seguía su curso, y de pronto entiendes: ‘¡así son las cosas!’“. No es trance. No es una experiencia extracorpórea. No es la cesación del pensamiento. Es un evento cognitivo, un destello de comprensión directa, acompañado de la fuerte respuesta emocional que reconoce cualquiera que haya resuelto un problema difícil.

La progresión es: esfuerzo, después ausencia de esfuerzo, después transparencia.

Por qué son un solo proceso, no tres técnicas

La mayoría de los estudiantes de yoga conocen dharana, dhyana y samadhi como los puntos 6, 7 y 8 de una lista, lo cual da la impresión de que se domina uno antes de pasar al siguiente, como si fueran cinturones de un arte marcial. Patanjali desmonta este planteamiento en el verso siguiente (Yoga Sutra 3.4), al introducir el samyama: “Los tres juntos constituyen samyama”. Una sola palabra para los tres, tratados como un proceso único e integrado.

Una analogía didáctica frecuente (de origen tradicional incierto, aunque aparece en muchas escuelas modernas de yoga) compara las tres etapas con el agua. Dharana son las gotas que caen. Dhyana son esas gotas fundidas en una corriente continua. Samadhi es la corriente que llega al océano. No practicas las “gotas” como una habilidad separada de la “corriente”. La corriente es lo que se vuelven las gotas cuando dejan de interrumpirse. Ilustración pictórica del agua avanzando desde gotas que caen hasta una corriente continua y un mar en calma, ilustrando la analogía clásica de dharana, dhyana y samadhi

Esto importa en la práctica. Una sesión de meditación puede atravesar estas fases. Incluso una sentada distraída de veinte minutos contiene tramos de dharana (te sorprendes divagando y recolocas la atención) y, con la práctica, breves pasajes de dhyana (unos pocos segundos en los que la atención se sostiene sin esfuerzo). Lo que se desarrolla a lo largo de meses y años no es el acceso a etapas superiores, sino la proporción de tiempo en cada fase y la profundidad alcanzada dentro de ellas.

Patanjali confirma la repetibilidad del samyama en el verso 3.5: “del dominio del samyama surge la luz del conocimiento”. Y en 3.6 dice que el samyama debe “aplicarse etapa por etapa” a distintos objetos. El samyama es una herramienta cognitiva, no una llegada espiritual única.

Cómo reconocer en qué etapa te encuentras

Quienes practican vuelven una y otra vez a la misma pregunta: “Conozco las definiciones, pero ¿cómo sé en qué estado estoy durante la práctica?“. La respuesta está en tres indicadores: la cualidad del esfuerzo, el comportamiento del monólogo interior y la sensación de uno mismo como observador separado.

Estás en dharana cuando te das cuenta de que la atención ha divagado y la traes de vuelta. Hay una distancia entre adónde se fue tu mente y dónde querías que estuviera. Tu monólogo interior está activo (“concéntrate… eso fue un pensamiento… vuelve a la respiración”). Eres consciente de ti mismo como el meditador que dirige la atención. Esto es lo que la mayoría de la gente quiere decir cuando afirma “estaba meditando”.

Estás en dhyana cuando pierdes la noción del tiempo. Sales de un tramo de práctica y te das cuenta de que no estabas haciendo esfuerzo. El objeto llena la conciencia sin que haya que sujetarlo allí. El monólogo interior se ha apagado. Por lo general solo notas el cambio cuando ya ha terminado: “Ahora mismo estaba realmente metido”. Como lo expresó un practicante en Quora: “Cuando el esfuerzo repetido deja de ser necesario y la mente se fija de forma natural, ocurre dhyana. En el deporte se le llama estar en la zona”.

Esa comparación es más precisa de lo que parece. La investigación de Mihaly Csikszentmihalyi sobre los estados de flujo (Flow: The Psychology of Optimal Experience, 1990) describe la misma fenomenología: foco intenso, pérdida de la autoconciencia, percepción alterada del tiempo, sensación de ausencia de esfuerzo. El flujo no se puede forzar de manera directa, pero aparece de forma fiable cuando se dan las condiciones (un reto adecuado, una habilidad ya desarrollada, objetivos claros). El trabajo de Csikszentmihalyi sugiere que el flujo suele requerir entre 15 y 25 minutos de implicación concentrada antes de que emerja, lo cual encaja con la observación habitual en meditación de que las transiciones tienden a ocurrir tras una sentada prolongada, no en los primeros minutos.

Estás en samadhi cuando se produce un cambio cualitativo en la comprensión. Ya no piensas sobre el objeto; lo conoces directamente. Puede ser sutil (un destello de reconocimiento sin palabras) o radical (la disolución completa de la sensación de separación entre el observador y lo observado). Vivekananda describió el samadhi como superconsciencia: si una persona “entra en él como un necio, sale como un sabio”, porque, a diferencia del sueño, el samadhi produce conocimiento.

Una referencia didáctica muy difundida sostiene que 12 respiraciones ininterrumpidas de dharana inician el cambio a dhyana, y que 12 × 12 (144) respiraciones de dhyana sostenido pueden producir samadhi. Esta fórmula aparece en muchos programas de formación de profesores de yoga, pero no se puede rastrear hasta ningún texto sánscrito original. Tómala como un marco útil de práctica, no como un objetivo de cronómetro.

Estas transiciones no son ascensos permanentes de nivel. Un instante de samadhi no significa que lo hayas “alcanzado” para siempre. Diez segundos después estarás de nuevo en dharana, despegando la atención de la lista de la compra.

Dharana, dhyana y samadhi en la práctica de trataka

Trataka (la mirada fija en la llama) hace estas tres fases especialmente visibles porque ancla cada una en una experiencia física distinta.

Dharana en trataka es la mirada externa (bahiranga trataka). Fijas los ojos en la llama y los mantienes quietos. La mente se desvía; la sorprendes y vuelves a llevar la mirada al punto. El esfuerzo de no parpadear, de mantener los ojos quietos, es la expresión física de dharana. El Hatha Yoga Pradipika (capítulo 2, verso 31) define el trataka como “mirar con intensidad y con una mirada inquebrantable un punto pequeño hasta que broten las lágrimas”. Aunque el texto clasifica el trataka entre las seis técnicas de purificación (shat kriyas), los comentaristas lo identifican de manera unánime como una práctica de dharana. Un estudio de 2015 de Raghavendra y Singh halló que una sesión de 25 minutos de trataka mejoraba significativamente el rendimiento en la prueba de Stroop palabra-color (p < 0,001), una medida de la atención selectiva, la flexibilidad cognitiva y la inhibición de respuestas. El estudio era pequeño (30 voluntarios varones en una universidad de yoga) y carecía de seguimiento a largo plazo, pero las capacidades cognitivas que medía coinciden con lo que aspira a desarrollar el entrenamiento de dharana.

Dhyana en trataka es el momento en que la mirada se asienta y la periferia desaparece. Dejas de notar la habitación, el cuerpo, el tiempo. La llama llena por completo tu campo de conciencia sin esfuerzo. En la fase interna (antaranga trataka), es cuando la imagen residual se estabiliza y ya no luchas por sostenerla. Se sostiene sola. Como observa la terapeuta de yoga Connie Habash, el trataka “cultiva al menos tres de los ocho miembros del yoga clásico: pratyahara al cortar todas las distracciones, dharana mediante el foco intenso, y dhyana al aquietarse el pensamiento”.

Samadhi en trataka llega en la fase del vacío (chidakasha). La imagen residual se ha apagado, la visualización mental se disuelve, y lo que queda es una quietud luminosa: conciencia sin objeto. Si surge ahí una comprensión, no es sobre la llama. Es un reconocimiento directo de la naturaleza de la atención misma. Tríptico pictórico que muestra el trataka avanzando desde una mirada con los ojos abiertos hacia una llama, hasta una imagen residual con los ojos cerrados y un campo luminoso de luz sin forma

La meditación con yantra sigue el mismo arco. La complejidad geométrica de un yantra ofrece estructura suficiente para dharana; la profundidad hipnótica de sus formas anidadas facilita el paso a dhyana; y el bindu central, el origen sin dimensiones en el centro, sirve como punto focal natural para la disolución en samadhi. Primer plano pictórico de un Sri Yantra con el loto exterior suave, los triángulos centrales nítidos y un bindu brillante en el centro, con una leve espiral hacia adentro que sugiere la convergencia focal

Errores comunes

“El samadhi es la meta del yoga”. Los Yoga Sutras nunca dicen tal cosa. Safronov señala que todo el tercer capítulo trata sobre aplicar el samyama (el proceso dharana-dhyana-samadhi) a distintos objetos: el sol, la luna, el centro del ombligo, la estrella polar. Cada aplicación produce un conocimiento concreto. Si el samadhi fuera el destino final, no tendría sentido hablar de aplicarlo a objetos diferentes. El verdadero punto de llegada que describe Patanjali es kaivalya (liberación), que aparece en el Libro IV como resultado natural de una práctica sostenida, no como una experiencia cumbre puntual.

“Necesitas dominar dharana antes de poder experimentar dhyana”. Las tres son fases, no requisitos previos. Lo que se desarrolla con la práctica es la duración y la profundidad, no el acceso. Un principiante que se siente el tiempo suficiente encontrará momentos de cada una.

“Samadhi significa salir del cuerpo, entrar en trance o detener la respiración”. La definición de samadhi de Patanjali (Yoga Sutra 3.3) no menciona nada de eso. Esa asociación procede de tradiciones posteriores que mezclaron el samadhi cognitivo de Patanjali con estados inducidos por pranayama descritos en los textos del Hatha Yoga y con prácticas tántricas y shaivas. El samadhi de Patanjali, como sostiene Safronov, no implica trance, detención respiratoria ni experiencia extracorpórea. Es el momento en que la cognición refleja “solo el significado de los objetos, su contenido propio”.

“Dhyana y samadhi no se pueden practicar”. Esto es técnicamente cierto, pero en la práctica resulta engañoso. No puedes obligarlos a suceder, igual que no puedes obligarte a quedarte dormido. Pero puedes bajar las luces, tumbarte y respirar despacio. En meditación puedes sentarte el tiempo suficiente, eliminar las distracciones y sostener dharana. Las transiciones brotan de las condiciones, no de la fuerza de voluntad.

La neurociencia respalda este planteamiento. Lutz, Slagter, Dunne y Davidson (2008) estudiaron a meditadores que iban desde un nivel intermedio (con una media de 19.000 horas de práctica) hasta un nivel experto (con una media de 44.000 horas) usando neuroimagen. Hallaron una curva en U invertida: las regiones cerebrales encargadas de la regulación de la atención mostraban menos activación en los meditadores expertos que en los intermedios. Los expertos no se esforzaban más. Habían atravesado la etapa del esfuerzo hacia lo que los investigadores llamaron “concentración sin esfuerzo”, la firma neural de lo que Patanjali llamaría dhyana. Como escribieron los autores: “El progreso en esta forma de meditación se mide en parte por el grado de esfuerzo necesario para sostener el foco previsto”.

“Las apps de meditación enseñan dhyana”. Por definición, no pueden. Dhyana requiere un flujo ininterrumpido de atención hacia un solo objeto. Una voz narradora que introduce nuevas indicaciones, cambia tu foco y rellena los silencios rompe ese flujo. La mayoría de las meditaciones guiadas operan al nivel del pratyahara (retirada sensorial) y de un dharana incipiente.

Cómo te preparan los miembros anteriores

Dharana, dhyana y samadhi son los miembros 6, 7 y 8 por una razón. Dependen de lo que viene antes.

Pratyahara (miembro 5, retirada de los sentidos) es el requisito inmediato. No puedes sostener dharana si cada sonido de la habitación secuestra tu atención. Pratyahara no significa bloquear los sentidos. Significa que los sentidos dejan de dictar adónde va la atención. En trataka, el pratyahara ocurre con naturalidad: el acto de fijar la mirada en un único punto reduce la entrada sensorial a un solo canal.

Los miembros anteriores cumplen funciones de apoyo. Yama y niyama (la conducta ética, miembros 1 y 2) reducen la agitación mental en su origen. Una vida caótica produce una mente caótica en el cojín. Asana (la postura, miembro 3) y pranayama (la regulación de la respiración, miembro 4) estabilizan el cuerpo y la energía para que puedas sentarte el tiempo suficiente como para que se produzcan las transiciones.

Estos miembros no son estrictamente secuenciales, pero hay una lógica en su orden. Sin la base, dharana se convierte en aguantar a duras penas la distracción, dhyana se convierte en ensoñación y samadhi se convierte en fantasía.

Qué hacer con esto

Deja de poner nota a tu meditación. Una sesión de puro dharana, en la que pasas veinte minutos devolviendo la atención desde los pensamientos, no es una meditación fallida. Es la base. El propio acto de devolver la atención es la práctica.

Reconoce las transiciones sin aferrarte a ellas. En el momento en que piensas “¡estoy en dhyana!”, has introducido un pensamiento nuevo y te has sacado de ahí. El cambio se reconoce a posteriori, no mientras ocurre.

Alarga las sesiones de forma gradual. Las sentadas cortas rara vez dan a la mente tiempo suficiente para ir más allá de dharana. Las transiciones tienden a producirse después de haber lidiado muchas veces con la mente, cuando por fin se asienta. Si te sientas habitualmente cinco o diez minutos, prueba con veinte.

Usa el trataka como campo de entrenamiento. El acto físico de mirar fijamente da a dharana un anclaje concreto. La progresión de lo externo a lo interno (los ojos abiertos sobre la llama, después los ojos cerrados sobre la imagen residual y, por último, el vacío) se corresponde con el arco dharana-dhyana-samadhi de un modo más fácil de reconocer que la meditación sin forma.

Confía en el proceso que describió Patanjali. La atención forzada se convierte en atención sin esfuerzo, que se convierte en comprensión. No es una escalera mecánica mística. Es el mecanismo que está detrás de cada momento de comprensión auténtica. Ya lo has hecho. Ahora sabes cómo se llama.


Fuentes

  • Lutz A, Slagter HA, Dunne JD, Davidson RJ. (2008). “Attention regulation and monitoring in meditation.” Trends in Cognitive Sciences, 12(4):163–169. doi: 10.1016/j.tics.2008.01.005. PMID: 18329323. PMCID: PMC2693206.
  • Raghavendra BR, Singh P. (2015). “Immediate effect of yogic visual concentration on cognitive performance.” Journal of Traditional and Complementary Medicine, 6(1):34–36. doi: 10.1016/j.jtcme.2014.11.030. PMID: 26870677. PMCID: PMC4738033.
  • Vivekananda, Swami. (1896). Raja Yoga, Chapter VII: “Dhyana and Samadhi.” Complete Works of Swami Vivekananda, Volume 1.
  • Safronov, Andrey. (2013). “Dharana, Dhyana, Samadhi: Basic Considerations.” Ukrainian Federation of Yoga (in.yoga).
  • Habash, Connie. (2017). “Trataka – the Yogic Art of Gazing.” Awakening Self.
  • Csikszentmihalyi, Mihaly. (1990). Flow: The Psychology of Optimal Experience. Harper & Row.
  • Patanjali. Yoga Sutras, Book III (Vibhuti Pada), Sutras 3.1–3.6. Translations referenced: Swami Satchidananda, I.K. Taimni, Edwin Bryant.
  • Swatmarama. Hatha Yoga Pradipika, Chapter 2, Verses 31–32. Translation: Swami Muktibodhananda (1998), Bihar School of Yoga.
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